Jaume Figueras
cronista de cine
26-III-2004
Si existiera, Jaume Figueras seguramente ya hubiera ganado el Oscar al mejor cronista cinematográfico. Sus memorias “festivas” -disponibles en castellano y catalán- llevan por título “Adivina quien te habla de cine” (Plaza y Janés) tras desestimar “El hijo de la lechera”, dado que su familia regentaba un establecimiento de este gremio en el Eixample. Además de confesar ser Mr.Belvedere -el histórico consultorio de Fotogramas-, Figueras explica toda una vida paralela al cine. Entre otros ha entrevistado a Gregory Peck, Kim Novak o Sean Connery; de todos ellos habla en el libro, pero que nadie busque intimidades, tan solo encontrará el relato afable de la trayectoria de un barcelonés que, como reconoce, consiguió convertir su hobby en su trabajo.
No le gusta demasiado que le llamen crítico de cine, ¿verdad? ¿Cómo se define entonces?
No me gusta porque, de hecho, no lo soy. Entendiendo “crítico” como alguien que hace un comentario firmado de equis líneas sobre una película; esto lo he hecho muy pocas veces. Lo hice solo un tiempo en La Vanguardia en mis inicios como suplente del crítico titular. Lo que yo hago son crónicas de cine, ya sean en la radio o en la televisión.
¿Podría aplicarse el neologismo “cinéfago” que introduce en el libro?
Yo distingo entre cinéfilo y cinéfago. Cinéfago lo defino como aquel para quien su plato favorito es el cine, es decir, una persona que solo se alimenta de cine, lo que me parece una perversión. Ser cinéfago significa ver las cosas de un modo limitado. Yo me considero cinéfilo, ser cinéfago es un poco peligroso.
¿Cuáles son las características de una buena crónica?
Hay mucha gente que se toma demasiado en serio y de un modo demasiado trascendente esta actividad. Hay que mantener la distancia, ser un poco irónico y tener la perspectiva de que una película puede gustar por diferentes conceptos a diferentes tipos de personas.
El primer capítulo empieza con esta cita de Luis Buñuel “un cine siempre ha sido un lugar íntimo, oscuro y erótico”.
Encontré esta frase en la autobiografía de Luis Buñuel y me pareció exacta: un cine te invita a la intimidad y la oscuridad propicia el erotismo, aunque sea un erotismo interior.
Es un sentimiento curioso, tratándose de una actividad que se lleva a cabo en un lugar público como es una sala de cine…
Yo recomiendo siempre ir a sesiones poco concurridas, como las de tarde, porque, si no, la platea se convierte en un espectáculo más ruidoso que la pantalla. Tampoco quiere decir esto que el cine sea un sitio propicio para el ligue, a no ser las salas X que, por cierto, están cayendo casi todas.
Entonces, ¿un cinéfilo es una persona solitaria?
Puede llegar a serlo si, como mi caso, vive en un ambiente -no digo hostil- pero sí un ambiente que prefiere el cine de gran entretenimiento y espectáculo y le cuesta comprender que una persona pueda disfrutar con una película de Kaurismaki, Kiarostiami o, en el pasado, Bergman o Alain Resnais. Hay mucho cinéfilo solitario pero no es una norma inamovible.
A lo largo del libro aparecen ejemplos que marcan la oposición entre cine comercial y cine de calidad. ¿Es algo inevitable, sólo un tópico…?
Hay cine comercial que tiene una calidad incuestionable; siempre pongo el ejemplo de “Lo que el tiempo se llevó”. Sigue siendo una de las películas más divertidas de la historia del cine. Es una película que tiene sentido del espectáculo pero a la vez se preocupa en que el espectador se identifique de una manera simpática o antipática, positiva o negativa con los personajes. Esta característica me parece vital. Distinguir entre cine comercial y cine de autor es simplificar un poco. Hay cine de autor bastante hermético; es el que va a las salas de versión original exclusivamente, pero no hay una dicotomía muy clara.
Acerca del consultorio de Mr. Belvedere de Fotogramas, afirma: “ha sido algo más que un espacio de debate: (…) ha sido un refugio para almas solitarias”.
Pues sí, lo ha sido. He detectado que mucha gente que escribía lo ha dejado de hacer cuando se ha casado o ha formado una familia. Su intimidad se proyectaba hablando del cine que preferían y que sentían de una manera muy mística.
También dice que una de las tareas del consultorio ha sido el de desmitificar el cine…
Creo que hay autores que se desmontan con cierta facilidad. A menudo digo que Steven Spielberg pasará a la historia como un gran industrial y un gran agitador del showbusiness pero no como un gran creador. Hay gente que cree que el cine ha nacido con Spielberg, como hay otra que cree lo mismo de Tarantino. Hay que poner este tipo de creencias en su sitio.
¿Cuál de los directores actuales crees que van a convertirse en clásicos?
De los actuales… (piensa) La verdad es que me pillas desprevenido. Hay gente nueva que ha hecho una o dos buenas películas y prometen. Siempre digo que con todos sus defectos y altibajos, Bigas Luna va a tener un papel importante cuando se examine la creatividad del cinema español del último decenio.
Precisamente, exceptuando “La Teta i la Lluna” (1994), la película más reciente que escogió para el ciclo que le dedicó a usted la Filmoteca fue “Delitos y faltas” de Woody Allen, del 1989. ¿Siente nostalgia del cine de antes?
Sí y no. Simplemente quise imponer un tipo de película representativa, no quise hacer una selección cronológica. Lo de la “Teta i la Lluna” fue una reivindicación de una película que me gusta y que no tuvo mucha salida comercial. Acerca de “Delitos y faltas”, me sigue pareciendo la película de Woody Allen más dura respecto a la visión de la sociedad contemporánea.
Entrevistar a grandes estrellas de Hollywood debió contribuir a que desmitificara todo este mundo que idolatró de adolescente, ¿no?
Sí, pero a veces desmitificas a la gente de una manera positiva y otras negativa. En el primer grupo, hay personas inteligentes y de trato muy cordial y cotidiano, como es el caso de Gregory Peck o de Sigourney Weaver. En el otro caso, ves que hay gente que simplemente cumple su función de forma rutinaria, como pasa por ejemplo con Jodie Foster; es una mujer muy dura y que solo sonríe mientras la entrevistas, cuando termina la entrevista, como si no existieras.
¿Cuando disfrutaba más viendo una película, de adolescente o siendo cronista? ¿No hay el peligro de pasarse la película analizándola?
Disfruto igual cuando veo una película que me llena como lo hacía hace cuarenta años. Lo que ocurre es que cuando era joven el cine te marcaba de otra manera, te enseñaba cosas y salías del cine enriquecido como persona, me refiero a películas como “Los 400 golpes” o “Rocco y sus hermanos”. Incluso, a nivel informativo, una película sobre la Segunda Guerra Mundial te explicaba cosas que todavía no estaban en ningún libro de historia. Ahora, de vez en cuando también hay películas que me sorprenden. Concretamente hay una que estoy reivindicando, ya que nadie ha ido a verla; se llama “Astronautas” -protagonizada por Nacho Novo-, me causó una gran sorpresa porque no esperaba nada de ella y en cambio me encontré con una película muy creativa.
¿En qué se fija cuando va a ver una película? En algún lugar ha dicho: “busco que me sorprenda, me gustan las películas en que el director se pone en la piel del espectador”.
Si, es así. En este sentido he discutido “Mystic River” porque me parece que la postura de Clint Eastwood al final de la película no está clara. Tiene un final éticamente muy discutible y no da los datos necesarios para saber si Clint Eastwood está a favor o en contra de los personajes que en la película cometen un delito. Por eso también creo que “Elephant”, de Gus Van Sant, es una película demasiado neutra. No es un documental, si lo fuera lo aceptaría. No hay un punto de vista detrás de la película, y esto me molesta un poco.
Si tuviera que escoger un exterior para rodar una película en Barcelona, ¿en qué lugar pensaría?
Quizá el seminario de la calle Diputación. Me gustaría entrar en él y destruir estas rejas tan caras que han puesto, y ver si en el seminario pasan cosas como en “La mala educación” de Almodóvar, por ejemplo.
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Matthew Tree
escritor
27-II-2004
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Matthew Tree (Londres, 1958) nos recibe calzando una sandalia porque padece gota, poca broma. Es el último dato biográfico de este escritor inglés y catalán que acaba de publicar unas memorias fuera de lo común: “Memòries! 1974-1989. Dels 15 als 30 anys. Londres-Barcelona” (Columna). A pesar de haber aprendido el catalán pasados los 25 años, Tree ganó el Premi Octubre 1999 por el libro de relatos “Ella ve quan vol” y el Premi Columna 2001 por la novela “Privilegiat”. Colaborador de varios programas de radio y de televisión, también es articulista, miembro de los “germans Miranda” y autor del libro de viajes “CAT. Un anglès viatja per Catalunya per veure si existeix”.
Lo primero que llama la atención de tus “Memòries!” es la brevedad del título y el signo de exclamación. ¿Cuáles son las razones de ello?
Quería evitar que la gente pensara que se trata de un libro de memorias convencional, porque normalmente los libros de memorias convencionales son muy largos y muchas veces bastante pesados. Quería que quedase claro que había omitido todo aquel material que consideré no necesario, toda la paja. También he intentado que el libro fuera intenso, vivo y directo, de aquí el signo de exclamación.
Al final del libro confiesas que desde muy joven querías ser escritor. ¿A los 15 años ya lo sabías?
Sí, aunque en el libro no lo comento mucho porque también quería evitar hacer unas memorias literarias -me parece un género absolutamente asqueroso y horrible-. Pero sí, de hecho, a partir de los 14 años quería escribir e intenté hacerlo, pero lo dejé a los 19 porque pensé que era algo elitista que no me llevaría a ningún lugar. Lo retomé a los 21 años, esta vez ya seriamente. Podríamos decir que a partir de los 21 años tuve claro que realmente el objetivo de mi vida era convertirme en escritor.
Los 15 años que describes en el libro, caóticos e inestables, están llenos de anécdotas que luego te han servido como material literario…
De los cuatro libros que tenía publicados antes de “Memòries!”, a pesar de ser de ficción, casi el 90% del material usado viene de la época vivida entre los 15 y los 30 años. Pero específicamente de la adolescencia no he usado demasiado material; en el futuro me gustaría hacerlo.
¿Puedes adelantar algo de los libros que tienes planeados para el futuro?
Sí; después de la experiencia de escribir “Memòries!”, me gustaría terminar una novela que hace tiempo que escribo y que nunca termina. Luego tengo previsto ponerme a escribir un par de libros autobiográficos que ya tengo bastante encaminados.
¿Cómo combinas lo de escribir en catalán e inglés?
Es un misterio; todos los libros que he publicado aquí, con una excepción, los he pensado en catalán. Mi catalán defectuoso, pero catalán de todas formas. Las “Memòries!” igual; tenía clarísimo que estas memorias tenían que ser escritas en catalán y dirigidas a un público catalán no leído -para decirlo de algún modo-. Estas cosas… Es como si no las decidiera yo. Empiezo a escribir y de repente me doy cuenta que el texto es en catalán. Por ejemplo, la novela que estoy terminando que he citado antes es en inglés. No sé exactamente el porqué.
A pesar de que digas que tu catalán es defectuoso, ganaste el Premi Octubre y el Columna de narrativa en catalán. ¿Cómo lograste aprender el catalán de una forma tan correcta?¿Realizaste algún curso universitario?
No, nunca no he hecho ningún curso de catalán. Lo aprendí viviendo en un pueblo de la “plana de Vic” durante seis meses con un libro que se llama “Teach yourself catalan”, de un catedrático inglés -Alan Yates-, dirigido a autodidactas que quieran aprender catalán desde el inglés. Cada día memorizaba un capítulo de este libro y practicaba lo que había aprendido con mis amigos y la gente del pueblo. Es decir, inmersión total. Al cabo de seis meses no lo dominaba pero si lo chapurreaba. Luego fui leyendo en catalán con un diccionario al lado y así amplié mi vocabulario. El proceso ha sido más o menos así pero durante muchos años. No duró seis meses y sanseacabó, sino que fueron muchos años de leer en catalán con un diccionario al lado, practicando con la gente…
En el libro criticas ferozmente a las universidades. ¿Es una crítica puntual a la universidad que fuiste o va dirigida a todas?
Es muy aplicable a la universidad que yo fui; que era absurdamente prestigiosa, elitista,… Básicamente era una fábrica de hacer jefes, ejecutivos, gente con cargos importantes en el mundo de los medios de comunicación. A pesar de que de vez en cuando voy a alguna por cuestiones de trabajo, me siento muy incómodo en todas las universidades, no me gustan. Me parece que se debería cuestionar más su papel. La gente nunca lo hace, da por supuesto que las universidades son buenas, pero no es así, no son lugares necesariamente buenos. Al contrario, pueden llegar a ser lugares maléficos por los estragos que causan.
En “Memòries!” dices que para tí Catalunya fue un lugar de liberación. ¿Es algo personal o Catalunya es buen lugar para “liberarse”?
Para mí fue personal. Me ayudó el hecho que no era un país hecho y derecho. Es decir, se trataba de un país casi totalmente escondido a los extranjeros porque durante muchos años había sido marginado, ridiculizado, oprimido… Eso me atrajo, me gustó esa ambigüedad de vivir en Catalunya y estar en España pero no estar al mismo tiempo. Pero fue por pura casualidad, hubiera podido caer en Rusia, Ucraina, Portugal o Italia, no tengo ni idea, pero por circunstancias de mi vida me tocó Catalunya. Cuando tuve la oportunidad de escapar de Inglaterra, aquí fue un lugar ideal donde refugiarme.
Sobre Barcelona y su condición de ciudad literaria, dijiste en una ocasión: “Barcelona is a magical city on a popular level”. ¿Podrías explicarlo un poco?
Esto es una cita de un dibujante de cómics barcelonés. Todavía es vigente; andas por Barcelona y, vayas donde vayas, encontrarás algo sorprendente, algo que no esperarías encontrar de ningún modo. Es una ciudad totalmente imprevisible. Me refiero a, por ejemplo, un personaje en una esquina, la forma con que se comporta la policía -aquí es amable, cualidad que no se espera normalmente en un policía-,… Siempre hay algo raro. Mi primera experiencia la tuve cuando llegué por primera vez a Barcelona para vivir: salí de la estación de Francia andando tranquilamente y de repente vi una tropa de caballería que pasaba en dirección opuesta, con los jinetes vestidos con chaquetas rojas y plumas en los cascos, nadie les hacía el más mínimo caso, como si fuera la cosa más normal del mundo. Es una ciudad mágica en este sentido.
En un artículo explicabas una diferencia curiosa entre Londres y Barcelona: los semáforos naranja.
Sí, son los semáforos que aquí tienen un nombre especial que siempre olvido…. ¿de precaución? Era un artículo en el Diari de Barcelona, llamé al ayuntamiento para saber como se llamaban estos semáforos. Sea como sea, en Londres todos los semáforos te obligan a parar pero en Barcelona tienes esta maravilla que son los semáforos de precaución, un instante de incertidumbre, de hacer la vista gorda, así el tráfico fluye con más normalidad. Londres es una ciudad con demasiados atascos.
En otro artículo reciente -titulado “La Ferum del Fòrum”- criticabas al Fórum y recomendabas a los lectores que no fueran…
Es que eso del Fórum…[piensa]. Soy conciente que en las ciudades hay operaciones especuladoras y el hecho de que existan es normal porque así es el mundo donde vivimos, pero tendría que indicarse muy claro con una pancarta: “Esto es una operación especuladora”, ya sea para crear riqueza para la ciudad, porque hace falta más infraestructura… Yo qué sé, pero que quede claro de que se trata de una operación especuladora. Intentar vendernos la historia de que “Esto parece una operación especuladora pero en realidad es una gran acontecimiento cultural alternativo”… Es dar gato por liebre: un engaño total. Además, todos esos actos supuestamente internacionales y culturales, todos organizados con un gran trasfondo financiero… Apestan a chamusquina. Pero no creo que sea sintomático de Barcelona.
En el epílogo hablas de tu situación actual, de escritor “oficial”…
Escribí “Memòries!” en un momento en que había perdido toda confianza en mí mismo como escritor. Es decir, había dicho adiós mentalmente a la posibilidad de ser escritor después de haber vivido unos años en que me consideraba un escritor oficial. Oficial es una forma pomposa de decir publicado, no quiere decir nada más que eso, no tiene ninguna connotación institucional, evidentemente. Yo escribía las memorias desde el punto de vista de alguien que había renunciado a ser escritor. Pero una vez terminado “Memòries!” me sentí un poco más fortalecido, con la sensación de “¡Hostia, quizá sí que soy un escritor otra vez!”. Esto es lo que quería explicar en el epílogo, el momento presente del escritor que escribió este libro.
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