Pep Subirós

 

 

escritor, filósofo y gestor cultural

 

 

13-II-2004

Pep Subirós (Figueres, 1947) es el comisario de la exposición Bamako’03. Fotografía africana contemporánea, que podrá verse hasta el 28 de marzo en el CCCB. Se trata de una reproducción de la exposición que tuvo lugar en la capital de Malí a finales de 2003. Subirós, al igual que el comisario de la exposición original -Simon Njami-, admite que, más que de fotografía africana, se trata de una exposición de fotógrafos africanos: Uche Edochie (Nigeria), Mohamed Camara (Malí) y Van Leo (Egipto) entre otros. Pep Subirós, escritor y filósofo que en el pasado ha ocupado cargos culturales importantes en el ayuntamiento, conoce la inmensurable complejidad y la enorme diversidad del continente africano. Fruto de sus viajes y de su fascinación hacia África son sus libros “Rosa del desert”(1993) y “Cita en Tombuctú” (Premi Josep Pla 1996).

 

Bamako’03 muestra un África más “normal”, sin exotismos ni sensacionalismos por el hecho de estar fotografiada por autores africanos. ¿Es éste su objetivo principal?
Hay mucha diferencia entre la concepción del continente que se percibe en Bamako’03 y lo que podríamos llamar la mirada occidental hacia África, en especial la visión a través de los fotógrafos y el fotoperiodismo de aquí. No sé si lo buscan ellos o si son los periódicos y la televisión quienes seleccionan las imágenes, pero normalmente las fotografías que nos llegan se centran en los grandes problemas: los desastres, el hambre, la guerra, los genocidios… Como si aquí no existieran estas cosas; por desgracia también las tenemos. A esta mirada sobre el desastre se le debe sumar a veces otra sobre la naturaleza primigenia que todavía se conserva en algunos lugares, no muchos. Se trata de la mirada del naturalista o del turista de safari. Para la práctica totalidad de fotógrafos africanos estos temas no son relevantes, les interesa más la vida ordinaria. Ni el gran desastre ni el paraíso natural, sino la vida en todas sus gracias y desgracias habituales: el futuro inmediato, el pequeño ritual doméstico, el trabajo, la fiesta, la enfermedad… Por eso estas fotografías sorprenden, porque es una visión desde la misma África.

 

 

En el texto del catálogo afirma que el denominador común en las fotografías de Bamako’03 es el predominio de la condición humana, ¿a qué se debe?

Si uno va a ver exposiciones de fotografía de autores europeos o estadounidenses, lo más habitual -no quiero decir que sea exclusivo- es que domine la fotografía de espacios, paisajes, arquitectura, objetos, texturas, materiales,… Mientras que, por contraste, en esta exposición que se presenta en el CCCB y que representa básicamente lo que se exhibió en Bamako, prácticamente todas las fotos tienen como referente a la figura humana. Muchas veces de forma explícita pero otras de forma más implícita a través de los restos de la acción humana, de las pisadas por ejemplo. Y me parece que esto tiene que ver con el modelo de vida habitual. Nosotros, nos definimos por lo que poseímos y lo que consumimos. Este no es el caso de África. Desde el punto de vista material allí la vida es muy precaria, hay una gran escasez de bienes materiales y de consumo; por lo tanto, lo fundamental es la actitud de la gente y las relaciones humanas. Lo que hace la fotografía es reflejar esta centralidad de la experiencia humana como elemento básico de interés. Esto no significa que sea una cosa específicamente africana, tiene que ver con el nivel de desarrollo de las sociedades tradicionales que no han entrado todavía en una espiral de consumo.

 

 

Explique, por favor, este comentario del catálogo: “lo que evidencian las fotos expuestas en Bamako, casi sin excepción, es que, como afirma Santu Mofokeng de sí mismo, a la inmensa mayoría de los fotógrafos africanos la belleza sin verdad les resulta insatisfactoria”.
Tradicionalmente el arte siempre ha tenido un doble componente: por un lado el de intentar buscar o expresar ciertas ideas, cierto conocimiento, intentar encontrar un cierto sentido a la vida o a la actividad humana: lo que hacemos y lo que producimos. Es decir, siempre ha tenido un componente de una cierta búsqueda de verdad. Pero el arte también ha intentado conjugar esta búsqueda de verdad con una expresión que formalmente fuera placentera, interesante, que de alguna forma apelara no solo a la razón sino también a los sentidos, a la dimensión estética.
En nuestro mundo a menudo el arte coge solo la parte estética de su constitución y se transforma en un arte que fundamentalmente se preocupa por las cuestiones formales: la composición, los materiales y la técnica; mientras que olvida el porqué finalmente se hace arte, qué es lo que se busca más allá de una composición formalmente interesante.
En África no se produce esta unilateralitzación del arte -debido seguramente a la precaria situación de vida material-. El arte sigue siendo una actividad que mezcla la búsqueda de la belleza y la búsqueda de la verdad. Juntamente con la preocupación estética hay una preocupación podríamos decir ética, de intentar encontrar formas de expresión formalmente interesantes que al mismo tiempo nos acerquen a una mejor comprensión o expresión de la realidad humana.

 

 

El subtítulo de la exposición internacional es “Rituales sagrados, rituales profanos. La irreverencia divina de las imágenes”. ¿Existe una relación directa entre el peso de la religión y cierto recelo hacia la fotografía?
Esto no solo pasa en África; todas las sociedades tradicionales han tenido siempre una actitud muy recelosa ante la creación de imágenes. La frase que acabas de citar -es de Jean Baudrillard- hace referencia al hecho de que las imágenes siempre son irreverentes. Las imágenes siempre desvelan, mientras que lo sagrado, por definición, es aquello que no se ve, aquello que no se puede prácticamente ni imaginar. Tampoco tocar, por supuesto, pero ni tan solo representar. En la medida que representas lo sagrado, deja de ser una cosa absolutamente ultrahumana y pasa a ser otra cercana a nosotros. Muchas formas tradicionales de pensamiento y de religión han tenido siempre una actitud recelosa ante la imagen o la han confinado a ámbitos muy específicos y en manos de gente muy específica. En este sentido, la fotografía es siempre un poco irreverente. Irreverente por cuestionar la trascendencia absoluta de otra realidad, de un ámbito sagrado.
Lo que me parece interesante de esta exposición es que se propone romper la noción de que África es un lugar donde aún domina este tipo de pensamiento tradicional, mágico, temeroso de las imágenes. En África pasa básicamente lo mismo que en todo el mundo pero en unas condiciones materiales mucho más pobres. Hay un proceso de modernización mental y lo que hacen los artistas africanos, como los de cualquier parte del mundo, es extender las fronteras y ampliar los límites del pensamiento y de la capacidad de acción humana.
En las fotografías que vemos aquí el tema del ritual está tratado tanto desde un punto de vista sagrado como de otro profano. En este segundo, las fotos se refieren a los rituales tradicionales y cuotidianos de la higiene, la limpieza, la fiesta, el deporte, etcétera. Por tanto, la aproximación cultural y mental que hay en el tema del ritual en África de hecho no es demasiado lejana a la que tenemos nosotros.

 

 

Simon Njami asegura que “para un fotógrafo africano resulta mucho más difícil que en ninguna otra parte ser un artista” y usted en una ocasión afirmó que “el arte es un lujo”. ¿La preocupación artística y la atracción ejercida por el arte no es un sentimiento intrínseco al ser humano?

A ver, nada es sencillo. Hablando en términos muy generales e históricos, el arte es tan intrínseco en el ser humano como lo es la agricultura o cualquier actividad, en el sentido de que el arte -como decía antes hablando de belleza y verdad- siempre es una forma de expresión a través de los cuales los seres humanos intentamos entender qué hacemos en este mundo. El arte intenta dar cierto sentido a la existencia, encontrar formas de construir pequeños paraísos en la tierra. Matisse pintaba aquellos cuadros de jardines tan fantásticos y aquellos espacios de colores tan cálidos con la intención de construir un paraíso en esta Tierra, que muchas veces es un infierno. Por un lado el arte es una herramienta para comprender el mundo y, por otro, sirve para hacernos la vida más placentera, más agradable.
Otra cosa es que el hecho de ser artista, y más hoy en día, muchas veces se ha separado de este tipo de actitud y se ha convertido en una profesión apartada, como la de ingeniero o cualquier otra especializada, solo que en este caso la especialidad va dirigida a una búsqueda estética y formal de belleza, pero muy aislada. En este sentido el arte es un lujo. El artista profesional es una figura que solo es posible en unas sociedades económicamente muy desarrolladas y que se pueden permitir el lujo de pagar a alguien que se dedique estrictamente a la producción de objetos formalmente interesantes pero inútiles para la vida práctica. Es en este sentido que decía que es un lujo.
Ser artista en África hoy es muy difícil por la sencilla razón que no están resueltos los problemas materiales básicos. Por tanto, esta búsqueda formal no tiene mercado. La inmensa mayoría de artistas de África no viven de su arte sino de una actividad socialmente utilitaria. En el caso de los fotógrafos, hacen fotos de pasaportes, bodas, funerales,… y tienen que robar tiempo extra y utilizar sus escasos recursos para dedicarlos a un trabajo dirigido a una búsqueda estética y de pensamiento. Difícilmente alguien les pagará, pero es lo que les interesa como artistas

 

 

A lo largo de su trayectoria como gestor cultural ha trabajado tanto en el sector público como en otro independiente o privado. ¿En cuál de los dos se siente más cómodo?
Siempre he alternado mi trabajo entre estos dos ámbitos. He hecho bastantes actividades desde el ámbito público pero también como trabajador independiente, implicado en un proyecto editorial o en una revista de carácter privado entre comillas. Pero siempre que he trabajado en el sector llamado privado mi interés ha sido desarrollar proyectos que tuvieran cierta dimensión colectiva.
La gran diferencia está en que el ámbito privado te da una gran libertad personal y la posibilidad de hacer tu propio trabajo al tiempo que desarrollas tus propios intereses. Pero tiene el inconveniente de que siempre estás en una situación de cierta precariedad e incertidumbre. En todo caso, el grado de libertad lo compensa absolutamente.
Cuando estás en el campo de la administración pública tienes otras ventajas y otros inconvenientes. La ventaja principal es que estás directamente situado en un espacio y un campo de actuación que tiene una repercusión colectiva importante, y tienes la posibilidad de impulsar proyectos de gran envergadura que establecen un patrimonio y una continuidad. Me refiero a museos, colecciones o encargos artísticos, proyectos de bastante duración y de largo alcance. El inconveniente es que necesariamente tu propia expresión personal tiene que mantenerse entre paréntesis porque estar en la administración pública significa llevar a cabo proyectos de interés colectivo y no llevar a cabo tus propias manías. Por otra parte, el gran inconveniente es que demasiado a menudo la gente que se dedica a la gestión publica -o a la política- tiene poco sentido de lo público. Demasiadas veces la cosa tiene más a ver con hacerse una carrera personal y asegurarse el puesto o satisfacer los intereses de un determinado partido que no el de responder a proyectos hablados, discutidos y consensuados con el contexto social en que se está trabajando.

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