Ramon Fontserè
actor de Els Joglars
3-IV-2004
Ramon Fontserè (Torelló, 1956) forma parte de Els Joglars desde 1983. Sus magistrales y finas interpretaciones le han proporcionado premios como el de la Crítica de Barcelona (1996), el Max (1998) y el Nacional de Teatro (2000). Además de “¡Buen Viaje, Excelencia!” de Els Joglars, participó en la película de David Trueba “Soldados de Salamina” y recientemente lo ha hecho en “El séptimo día”, film de Carlos Saura que se estrenará el próximo 23 de abril. En 1999 publicó un libro -”Tres peus al gat. Diari d’un actor”- en el que describe de modo seco y franco las vicisitudes de la época de la Trilogía. Ahora Els Joglars vuelven a la carga en el Teatre Lliure con “El Retablo de las Maravillas”.
Ha sido el protagonista de las producciones de Els Joglars desde “Columbi Lapsus” (1989), pero en “El Retablo de las Maravillas” este protagonismo no es tan marcado…
Así es; “el Retablo de las Maravillas” es una obra coral en la que no hay un solo protagonista definido, como era el caso de “Columbi Lapsus” o de la Trilogía. El peso en esta obra lo llevan el conjunto de actores, dado que aparecen varios personajes de envergadura y carácter.
¿De qué trata “El Retablo de las Maravillas”?
Es un entremés que escribió Cervantes, una obra moralista destinada a mostrar a la gente el peligro que conlleva creer en falsos iconos. Se trata de desnudar a los que se aprovechan de la gente, de decir a la sociedad que no comulgue con ruedas de molino.
Eso propicia que el público tenga su propio papel en la obra, ¿no?
Sí, y, según mi modo de ver, esta es una de las grandes tareas que tenemos los actores. El actor -o el bufón- es aquel que se ríe del rey, pero también del pueblo. En este sentido, el esquema de “El Retablo de las Maravillas” nos iba perfecto. Si existen estos Chanfállez o truhanes que engañan a la gente es porque se aprovechan de sus complejos y creencias. Los humanos queremos salvar las apariencias a toda costa, es un deseo que tenemos muy arraigado y cristalizado en nuestra naturaleza. Queremos aparentar aún sabiendo que estamos siendo engañados.
La catarsis teatral, tan propia de Els Joglars, ¿no es un anacronismo a estas alturas?
No, es algo intrínseco al teatro. El señor Aristófanes, en el siglo V a.C., se reía de los dioses y también de Sócrates, alguien que entonces era un moderno, un señor muy serio. En aquella época Aristófanes ya se dedicaba a desacralizar lo intocable y lo sagrado mediante el humor, la ironía y el sarcasmo. El teatro actual no deja de ser una continuación de aquello. Lo catártico es un efecto a tener muy en cuenta a la hora de practicar el oficio teatral.
¿Cómo ha construido tu personaje, Don José?
Nos interesaba la interpretación de Peter Sellers en “Bienvenido Mr. Chance”, una película basada en una novela de Kosinski -”Desde el jardín”- y protagonizada por un ser de pocas luces que, tras una serie de coincidencias y de equívocos, llega a ser presidente de los Estados Unidos. La película se estrenó a mediados de los años 80 y, por lo tanto, fue premonitoria. Pero, dado que la historia de Kosinski nace y muere en si misma, decidimos mezclarla con “El Retablo de las Maravillas” de Cervantes para añadir la complicidad del público. Mi personaje tiene pocas luces pero a pesar de correr por ahí y de proferir un grito de vez en cuando me parece tierno y encantador, con su aspecto pasmado y alelado.
¿Cómo consigue centrar la atención del espectador y provocarle tal sentimiento de hilaridad casi sin decir nada y con solo dar unas vueltas saltando por el escenario?
Pues no sé… uno hace lo que puede. Llevo veinte años en esta casa y supongo que esto ayuda. Se consigue manteniendo una gran ilusión por el teatro y por este oficio, que es lo que más me gusta hacer en esta vida.
En sus orígenes empezó en un grupo de teatro de Vic llamado “La gàbia”, pero no como actor, sino como técnico…
Pues sí, empecé como mozo de cordel. Recuerdo que íbamos con una furgoneta Mercedes-Benz vieja. Cuando tuvimos cierto éxito pudimos comprarnos otra, pero nunca pasamos de tener solo una furgoneta. El alma del grupo era Joan Anguera, actor y director que entonces daba clases en el Institut del Teatre, un hombre muy válido; yo tuve mucha suerte de conocerle. Cuando empiezas en esta profesión tienes que ir con cuidado porque a veces hay profesores que en lugar de catapultarte, te sepultan. Joan Anguera es un gran pedagogo de los primeros, siempre abierto al alumno, como un tonificante.
Como decía, empecé cargando los focos, siendo técnico de sonido e iluminación, para empezar a oler y mirar este mundo nuevo que se me abría. Un día, uno de los actores se fue a la mili y yo tuve la oportunidad de actuar. Por su parte, Els Joglars, tras “Olympic Man”, renovaron el equipo de actores e hicieron un cásting. Boadella plantó un papel en una pared de aquí el Institut del Teatre. Me apunté, y aquí estoy.
Ahora usted también es profesor de interpretación. ¿Cuál es el método Fontserè?
Lo que intento enseñar yo es simplemente lo que he aprendido durante los veinte años que llevo en Els Joglars, no es ningún método nuevo. A la hora de construir un personaje, ya sea real o inventado, lo que uno debe tener primero es una gran dosis de observación. Si se trata de un personaje real puedes ayudarte mediante vídeos o cosas así. Pero aunque sea inventado, siempre hay alguien que te inspira dicho personaje. El actor debe ser como una esponja, o un vampiro que chupa el personaje que tiene en el coco. La realidad ayuda a hacer este juego que es la interpretación.
Hace unas semanas, en la inauguración de una exposición en el castillo Gala-Dalí en Púbol, hizo junto Xavier Boada una representación de lo que Boadella definió como la “dualidad quijotesca y muy ampurdanesa de Dalí”. ¿Podría explicar esa afinidad entre Dalí y el personaje de Cervantes?
En Dalí confluyen los dos prototipos: Quijote y Sancho. El Quijote totalmente desaforado y soñador idílico y utópico, y también el Sancho “assenyat”, el hombre realista con los pies en el suelo. Albert Boadella tiene esta acertada teoría; yo era Dalí-Quijote y Boada Dalí-Sancho.
¿Cómo está su proyecto de escribir un libro de ficción después de “Tres peus al gat”?
Estoy escribiendo algo que no se si saldrá nunca a la luz, porque cuando lees lo que has escrito ves que es una porquería, te acojonas y luego la autoestima se te va por los suelos. En todo caso, lo que estoy intentado escribir son historias protagonizadas por personas de pueblo, tipos que siempre pasan por la tangente sin demasiada relevancia y que se van perdiendo. Son personajes humildes pero con mucha dignidad. En concreto, mi personaje tiene una furgoneta y la usa para repartir huevos, pero también para llevar cajas de muertos, las putas de la comarca que van a los burdeles… Me interesa mucho todo este mundo rural y comarcal, ámbito que desde la ciudad a veces se ve muy apartado. También me interesa el lenguaje catalán de los pueblos, que poco a poco se va perdiendo.
Entonces, ¿no le gustaría vivir en una gran ciudad como Barcelona?
De hecho lo hago bastante y me gusta. Ahora mismo estoy viviendo en el Raval. Además, cuando estamos de gira me paso un año y tres meses con maletas de un hotel a otro por España, Europa y Sudamérica; llevo veinte años haciéndolo y no me cansa. Me gustan bastante las ciudades; en Madrid vivo en Malasaña, un barrio magnífico, esquizofrénico, que durante época estuvo muy castigado por la droga y la miseria. Vivir en Barcelona me gusta con la condición de que tenga cerca un mercado adonde pueda ir a comprar. Yo soy del interior y allí no es un buen lugar para encontrar pescado fresco en las condiciones del mercado de la Boqueria, por ejemplo. No estoy mal aquí; tienes librerías, museos, sex-shops, el mar… No me disgusta vivir en la ciudad, siempre y cuando pueda volver a la masía de Pruit, que es donde tenemos nuestro castillo.
¿Aún se pone tan nervioso antes de los estrenos?
Pues sí. En el estreno de “El Retablo de las Maravillas”, y a pesar de no tener un papel de protagonista absoluto -circunstancia que te presiona ["t'acollona"] por la responsabilidad que significa marcar el ritmo y dar la cara-, también me pasó. Intentas controlar, relajarte y respirar, pero nada; el corazón va a mil y hasta que pasan los dos o tres minutos iniciales, los nervios no cesan. Pero en cierta manera esto es algo bueno; si algún día no me pongo nervioso antes de un estreno, el espíritu de actuación será diferente. No sé, se te hinchan las venas y sales a por todas a defender algo.
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