Salvador Távora
director de teatro
18-V-2004
Salvador Távora nació en Sevilla, en el barrio popular Cerro del Águila, algo a tener en cuenta de alguien convencido de que “un artista debe mantener una relación muy estrecha con sus orígenes, su cultura y su nacimiento”. Empezó trabajando de soldador y luego, tras familiarizarse con los toros en el matadero municipal, se hizo torero, cantaor y finalmente director de la compañía La Cuadra de Sevilla. Fundada en 1971, sus objetivos fundacionales son ilustradores: “La Cuadra asume una postura estética y social contra la manipulación folclórica de la cultura andaluza”. Fiel a sus raíces y a sus principios, pues, Salvador Távora presenta ahora en el Teatre Victòria Imágenes andaluzas para Carmina Burana.
Define Imágenes andaluzas para Carmina Burana como un “atrevimiento de la imaginación”, ¿por qué?
El atrevimiento está clarísimo: este es un espectáculo que no sigue el modelo habitual. Aquí no hay palabra, la historia que se cuenta es más de imágenes que de palabras concretas. ¿La imaginación? Yo creo que es algo fundamental para dar emociones. Dado que la obra no explica ninguna historia, hay que imaginarla. En una escena, por ejemplo, las vírgenes suben y bajan en una especie de ballet etéreo, se trata de una imaginación geométrica, de cosas aéreas, no lógicas. Es una poética física en movimiento para ser percibida con los sentidos.
Esta geometría se ve claramente en la puesta en escena, muy simétrica…
Totalmente simétrica. Yo creo que el arte es una disciplina estética; en la pintura esto es muy frecuente, los pintores expresan sus pensamientos muy geométricamente. No sé si la geometría es una enfermedad del arte, pero, si lo es, yo la acepto y la asumo. Todos los espectáculos que he hecho hasta ahora han seguido esta disciplina escénica, me gustan las cosas centradas en el escenario.
Ante el deseo de comprender una historia inexistente, usted responde “¿por qué el arte tiene que ser razonable?”
El arte es irrazonable; no tiene razón de ser, simplemente es. ¿Por qué hay en escena dos caballos en lugar de nombrarlos en un diálogo? Quizá representen la primavera…
Pero usted razona a menudo acerca del arte, siempre se ha preocupado por la conciencia del artista. Del flamenco, por ejemplo, dijo una vez: “evitar el compromiso y quedarse con el virtuosismo es un atentado al flamenco”. ¿No es una contradicción?
No, para mí es algo muy coherente. Que el flamenco se haya convertido en una especie de virtuosismo me parece una forma equívoca de entenderlo. El flamenco es un grito individual de angustia; hacer de este grito algo virtuoso es limitarse a demostrar que se posee una garganta habilidosa. El deporte es algo razonable -un equipo juega para ganar a otro- y, del mismo modo, el virtuosismo convierte el flamenco en una especie de competición deportiva. Para mí eso es razonable porque es incluso rentable. Lo irrazonable es aquello que no tiene detrás un pensamiento competitivo, catalizador, comercial…
Alguna vez ha dicho que le preocupa más el por qué que el como se hace flamenco.
He pasado bastante tiempo dentro del mundo del cante. Hay unos modelos que uno va reproduciendo: las seguiriyas tienen su tiempo, sus cánones, la soleá también… ¿Pero por qué la seguiriya se tiene que cantar así? Para responder hace falta conocer de donde procede el dolor de la seguiriya, hay que escarbar socialmente, llevar a cabo una investigación social del arte. Los cantes flamencos tienen una voz que pertenece a un mundo de gente mal alimentada. El cantaor no tiene la voz ronca porque haya estudiado para tenerla así sino porque está mal alimentado. Los niños de la Escuela de Viena tienen voces limpias, dado están muy bien criados. No puedes cantar con dolor si no lo tienes. Por lo tanto, no me parece lógico que se admire como canta un señor sin preocuparse del origen de su dolor ni de cómo la sociedad le ha agredido para provocarle este sentimiento. Primero hay que preocuparse del por qué se canta, y después del cómo.
“Creo que el ser humano puede mejorar a través del arte” dijo en otra ocasión.
Indudablemente; el arte es un canal mediante el cual el hombre puede echar fuera la agresividad. En 1977 hice un espectáculo que se llamaba Herramientas y que precisamente se estrenó aquí en Barcelona -en el salón Diana, calle sant Pau-. Lo protagonizaban siete trabajadores -obreros de verdad- que convertían la habilidad manual en arte; nadie podía manejar una hormigonera como lo hacían aquellos hombres. El espectáculo se llamaba así porque elevaban a una categoría de comunicación artística el arte manual y cotidiano que les servía para subsistir. Creo que si hubiese más concepto del arte, la sociedad sería mucho menos agresiva. Hacer arte es una forma de expresar tus pensamientos ya que, si se quedan encerrados, hacen daño. No expresar los pensamientos que la sociedad te provoca puede llevarte a la locura; al fin y al cabo, la locura es una especie de reflexión interna que no se exterioriza.
El ayuntamiento de Barcelona ha declarado antitaurina a la ciudad. Usted lo ha lamentado porque “es la única tradición producto de una reflexión entre la vida y la muerte, entre como queremos vivir y como queremos morir”, ¿podría explicar esta reflexión?
Casi todas las culturas peninsulares son mediterráneas, y todas las culturas mediterráneas tienen, desde los primeros tiempos, un símbolo muy emblemático, que es el toro. Se trata de diversas maneras en cada lugar: en Valencia, en Catalunya, en Pamplona -¿quién podría quitar los encierros de San Fermín?-… Declarar a Barcelona antitaurina, por mucho derecho que tenga un pleno municipal, me parece un atentado verbal de una gran violencia. Ayer mismo apareció un manifiesto de miles de personas que no están de acuerdo. Es querer arrancar un trozo de la cultura catalana a su historia.
Pero usted, que fue torero, quizá no sea neutral…
Los que protestan tienen sus derechos; yo no discuto sobre el maltrato al animal en la plaza como espectáculo, pero no podemos quitar de un día para otro una tradición cultural así. Los sectores sociales pueden hablar y discutir, los taurinos y los antitaurinos, las protectoras de animales y los partidarios a la tradición del toro… ¿por qué no puede llegarse a un acuerdo? El torero Paquito ya reguló un poco el toreo en el siglo XIX , y en 1928, tras unas protestas por los caballos que morían en las plazas, se acordó ponerles peto, y ya no mueren; ahora solamente pueden morir el toro y el torero. Lo que no se puede es estar contra la violencia con la violencia, aunque sea verbal. Lo que se pide es un diálogo; estamos en una sociedad democrática, no se puede condenar absolutamente nada.
Su relación con los toros empezó saltando por las noches las tapias del matadero municipal…
Pues sí, los que piden que el toro no sea maltratado en la plaza deberían fijarse en los mataderos. Yo los he visto, y es el mayor sufrimiento de todos. Desde que llegan hasta que los matan pasan tres días mugiendo, huelen a la muerte, saben que van a morir. Hay más necesidad de hablar que de condenar. Y menos un municipio como Barcelona, declarar a toda la ciudad antitaurina cuando hay sectores que no lo son… Y encima en estos días, recién inaugurado el Fórum, que según dicen es una cosa creada para las culturas y el diálogo.
En unas declaraciones reivindicó un “concepto aristocrático de la muerte”, ¿a qué se refería exactamente?
Con “aristocrático” no me refiero a la clase pudiente, sino a la esencia del pensamiento, del vivir, de la forma. Creo que olvidamos la muerte con demasiada frecuencia. Sublimar la muerte es una forma de encontrar una mayor serenidad en la vida. Si todos reflexionáramos sobre la muerte -igual que pasa con el arte- seríamos un poco mejores; no hacerlo es llevar una vida muy lejana a tal como debería ser la vida humana. Pensar en la propia muerte es también hacerlo acerca de la de los demás, y tener un espíritu sublimado de ese momento es muy importante. Las grandes civilizaciones siempre han practicado una sublimación de la muerte, de ahí los rituales, del grandioso acercamiento de la gente con esa forma de ritualizar la muerte que tiene la Iglesia. Estoy convencido de ello, pensar en la vida sin pensar en la muerte es olvidar una reflexión necesaria. Te horrorizas cuando ves las muertes en las guerras, como cogen los cadáveres con palas para meterlos en fosas comunes. Esto es terrible, cualquiera que tenga sensibilidad y tenga la valentía de verse ahí tiene que condenar esa forma bárbara de tratar a la muerte. Hay que reflexionar y sublimarla, porque esto nos dará una mayor serenidad en el vivir, al menos a mí.
Para terminar: de pequeño tuvo un profesor de escuela que le inculcó un sentido poético de la vida, hecho que siempre ha agradecido…
Exacto, crecí en un barrio de mucha miseria y este señor, Manuel García Romero, que era un auténtico poeta de la vida, en vez de enseñarnos a odiar -en aquel barrio correspondía enseñar a odiarnos los unos a los otros, y sobretodo a los ricos-, nos enseñó a tener un concepto poético de la vida, a saber como poner nuestra propia miseria al servicio de otro que tuviera un poco más. Antes de leer libros de violencia empezamos a leer libros de poesía; teníamos un concepto del campo y de las flores en un barrio donde era difícil poder comer todos los días. Lo recuerdo muy bien porque me parece fundamental haber aprendido que todo tiene un sentido poético, que todo puede sublimarse, hasta incluso la ofensa; no se trata del sentido cristiano de amar al prójimo como a tí mismo, sino que es un sentido poético. La poesía es una forma de entender la vida menos dura y menos cruel de lo que en realidad es.
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